Archivos para Mayo 2007
Como si fuera el cajón de los cachivaches. Como si no pudiera contenerme. En el desván de la abuela hubo un oso verde con moño amarillo que nunca me atreví a tocar. Cuando lo ví por primera vez, era más grande que yo. Volví a verlo después de la muerte de ella y entonces me pareció pequeño. Desde arriba del ropero viejo, asfixiado en una bolsa de nylon transparente, lleno de tierra y telas de araña. Tampoco me animé a tocarlo. Adentro del mueble encontré otra bolsa atada con mil nudos. Contenía un tejido fucsia sin terminar, la lana enroscada en las agujas, el ovillo enorme. Un papelito de bordes irregulares con las medidas de la niña que nunca usaría el sweater. Las mías. Entonces ya me parecía pequeño.
Los objetos encontrados. La belleza de unas bolsas de nylon todas anudadas, unos anillitos de Casa Tía, las bufandas que nunca fueron, las bolitas de naftalina. Todos elegíamos qué llevarnos, las nietas nos peleábamos. Yo saqué un muñequito que colgaba del respaldar de la cama, una cajita de cartón, unos aros rotos.
Abuela tenía uñas de gitana y tejía sin esperar a nadie, tampoco destejía. Llamaba a la mesa y todos íbamos. Por las noches, yo sentía miedo. El oso me miraba desde la asfixia de su bolsa, arriba del ropero.
En una caja de cartón tiraron cosas que nadie iba a llevarse. Unos peines de plástico, las perlas de collares de feria, las pantuflas. Un paraguas en la punta de un zapato, una plancha con clavos, un juego de té cubierto de piel. Objetos encontrados.
Bajaron por las escaleras de mármol. El ropero vacío.
Dejaron el oso verde junto a la caja en la vereda. Por la mañana, los perros callejeros anunciaron la llegada del basurero. Un hombre de guantes lo arrojó todo al camión de los desperdicios que rumbeó hacia el centro.
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